martes, 5 de mayo de 2015

DANUT DALCA














Quiero ser artista

Quiero pintar un cuadro. Nunca lo hice.
No creo necesario haber ido a una escuela
de arte para llevarlo a cabo.
Así es que me he comprado un lienzo no muy grande
y comienzo: Primero el azul (el cielo),
un poco de amarillo (el sol)
y gris (las nubes); dicen
que mañana habrá un diluvio.
Unas manchas de blanco (la nieve, obviamente),
debajo azul turquesa (las montañas)
algo difuminado (están muy lejos).
Es hora de comer; seguiré esta tarde.
Continúo: marrón (para la tierra)
y verde (porque debe haber un prado).
Quiero una casa roja con balcones;
también quiero un jardín con sus rosales
sin estanque: los peces no me gustan,
ni siquiera en sartén o en la cazuela.
Un perro que vigile mi morada,
un gato reclinado en un alféizar,
aquí y allá unas moscas (hay muchas en el campo),
ratones, saltamontes, una sierpe
(en todo paraíso siempre hay una
timando a todo aquel que se le arrime)
y pájaros volando por el cielo.
¿Y yo, dónde me pongo?,
porque en la casa debe vivir alguien.
Es hora de dormir. Yo no me pinto
ya que me he ido de viaje a otro planeta,
a otro cuadro o resulta que me he muerto.


Traducción de Daniel Ortega.

Imagen: James Ensor, The Skeleton painter, 1896.



lunes, 4 de mayo de 2015

W. J. BARRYMORE










Noche oscura

La noche aguarda el paso de la luna.
En una noche oscura la llegada de la luna
es una epifanía milagrosa.
La luna se parece a esas chicas hermosas
que surgen poco a poco, mientras la música suena,
en la parte más alta del escenario
y descienden triunfales, llenas de luz
por la escalera deslumbrante.

Han desaparecido los árboles y el aire.
Atentamente escucho, como sucede en los sueños,
el galopar del tiempo, la queja de la tierra
y el discurso monótono del arroyo
oculto en un rincón de su paisaje.

En la noche, en su parte más oscura,
si decides zambullirte en su regazo
y dejarte llevar por sus corrientes,
siempre existe un momento en el que puedes
desasirte, salir de ti, enfrentarte
a lo que eres, limpiar el polvo que te cubre,
fundirte en su crisol para ser otro
nuevo bajo la luz que se avecina.

Ahora, todo cuanto la noche oculta,
lo que anda y lo que repta, lo que ama y lo que odia,
todo lo que vigila y lo que duerme
(incluso el murmurar del arroyo se ha detenido),
guarda un hondo silencio,
permanece expectante y mudo, aguardando
la llegada triunfal de esa muchacha
hermosa y rubia que es la luna.


Traducción de Casimiro Ropero.

Imagen: Caspar David Friedrich, dos hombres contemplando la luna 1819.


domingo, 3 de mayo de 2015

MERCEDES SANDOVAL REVERTE






Sin lágrimas que laven mi pecado,
el seco corazón entre los labios,
regreso con el alma dolorida
dispuesta a que tu mano milagrosa
le devuelva el color, la lozanía.

A bosques donde paces sin que el miedo
al dardo del montero te atormente,
a las umbrosas selvas donde habitas,
desciendo como el agua, gota a gota,
de forma interminable, en tu clepsidra.

¿Habré de soportar tanta demora,
aún no cicatriza aquella herida?

Sentada entre las brumas del insomnio
aguardo a que despierte un nuevo día.


Imagen: Caspar David Friedrich, Gartenterrasse, 1812.



sábado, 2 de mayo de 2015

STUART LOUGHTY










No soy un poeta clásico

Hay días que quisiera ser un poeta clásico
y componer palabras que suenen como un gorjeo.
Cualquier poeta clásico tiene alas
de ruiseñor y escribe su verso en las mejillas
doradas y redondas de la luna.
Cuando un clásico escribe “árbol” sopla un aura
delicada  y sus hojas se mueven dejando
un reguero de luz como cuando tintinean
un millar de pequeñas campanillas de oro.
Y cuando tararea “agua” son de cristal las campanas
y su sonido es fresco y transparente.
Incluso cuando escribe “Infierno” el fuego
te quema las pestañas y las fosas nasales
se te llenan de olor a azufre.
Pero no puedo ser un poeta clásico
porque no tengo manos ni religión ni cabeza.
Voy por ahí descabezado,
con una calabaza sobre los hombros,
sin labios y sin luz, siempre a oscuras.
Solo puedo escribir cartas de pésame y recibos
de compraventa, y mis palabras no despiertan brisas
ni hacen sonar campanas ni huelen a azufre siquiera.
Son incoloras, inaudibles, inodoras,
tan invisibles como el sexo de los ángeles.


Traducción de Valeriano Pastore.

Imagen: Carl Spitzweg, Der arme Poet, 1839.


viernes, 1 de mayo de 2015

LOUIS LARRIBET










La cicatriz

Todo cuanto hemos sido cabe en un bolsillo
y lo que somos es como la tierra
que queda entre las uñas
en tanto que arañamos las tumbas de los otros.
(He aquí la cicatriz que deja el tiempo:
un punto apenas en la piel del alma,
mas debajo se esconden manantiales
de sangre y viejas lágrimas dormidas
guardados en un vaso verde oscuro.)

Pero lo que seremos es otra cosa,
un secreto marchito como el año
–estamos a finales de diciembre-
guardado en lo profundo de una gruta
con una puerta mágica que se abre
si sabes las palabras adecuadas
que solo te diré cuando te vea
dentro de tres o cuatro siglos.


Traducción de Santiago Gómez.

Imagen: Pieter Cornelis Wonder, El Tiempo, 1810.