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martes, 22 de noviembre de 2016

CECIL WENTWORD










A veces


A veces surge en el horizonte
un ave, un presentimiento,
y los sentidos, alerta, buscan
explicación para la zozobra.

Es Otoño y en el cielo
un corazón hay envuelto en llamas.



Traducción de Casimiro Ropero.


Imagen: Caspar David Friedrich, Zwei Männer am Meer, 1817.

martes, 20 de septiembre de 2016

CECIL WENTWORD










No sé ya cuánto tiempo hace
que un día, bajo este árbol,
el tiempo se plegó como un pañuelo
y una puerta se abrió por donde pude
escrutar lo sabido de antemano.
Quiero decir aquello que ocurriese
antes de ser lo que era, antes incluso
de abandonar el vientre de mi madre.
La luna pensativa en la colina,
el incendio en la noche de difuntos,
un disparo en el día de Año Nuevo
y la mesa servida por mi abuela
eran piezas de un puzle
que tuve que ir reconstruyendo,
sombra tras sombra,
para escribir ese paisaje
que parece algo mío
y puede concernirme.



Traducción de Casimiro Ropero.


Imagen: Emilie Mediz Pelikan, Lärche und Alpenrosen, 1900.



lunes, 18 de enero de 2016

CECIL WENTWORD










Con la hormiga

Es la hora de la luz
–los árboles ardiendo-.
Sobre la luz los pájaros se posan
sin abrasarse. Callan.
El silencio un papel en blanco que crepita.
La luz en el estanque.
La luz sin nubes, descarnada y sola.
Una hormiga se mueve en la luz y allí se pierde,
y la mosca y la abeja vuelan
en la luz, en su fuego, como estrellas
que pudiesen brillar por la mañana.
Y yo también me muevo:
como la hormiga entre la luz camino
y me pierdo en la luz como la hormiga.


Traducción de Casimiro Ropero.

Imagen: John Sten, Höstlandskap, 1906.



lunes, 3 de agosto de 2015

CECIL WENTWORD










Hace ya muchos años, cuando
era un muchacho alegre e inquieto,
solía encaramarme a este árbol
pues era mi lugar preferido.
Desde la última rama que aún resistía
mi peso sin peligro contemplaba
el mundo. No era mucho (lo sé ahora):
la casa de mi padre,
la de mi amigo Peter allá en lontananza,
más cerca la del tío Will con su granero
rojo al que le faltaba siempre
una buena mano de pintura,
el pueblo y la vetusta torre de la iglesia,
maizales, girasoles, trigos
y un ondulado mar de colinas
que se perdía allá donde comienza el cielo.
Para mí era un lugar enorme,
un ancho continente inabarcable
repleto de promesas y tesoros.
Si igual que a Jesucristo se me hubiera
acercado el demonio prometiéndome
la posesión del reino que abarcaba mi mirada,
me hubiera sin dudarlo postrado a sus pies.
Ahora, bajo el árbol de la infancia,
ahora que la edad no me permite
acceder a la cumbre de mi torre,
observo desde aquí el paisaje
al ras de la vejez y el desengaño:
mi amigo Peter muerto en accidente,
su casa consumida por el fuego
y el granero del tío Will una osamenta,
un rostro descarnado y frágil.
Pero el mar continúa ondulándose colina a colina
hasta los mismos pies del cielo como antes,
un mar que entona sus canciones con el aire
y eleva hasta las nubes sus palabras.

Aguardo a que este mar me anegue ahora,
a que pulan mis huesos sus espumas.


Traducción de Casimiro Ropero.

Imagen: George Inness, Early Autumn, Montclair, 1891.



miércoles, 20 de mayo de 2015

CECIL WENWORD










El oro de octubre

Este es el mes que más me gusta.
Nadie sabe el secreto de la fórmula
usada por octubre el alquimista
para trocar en oro cuanto roza.
Los árboles del soto se estremecen
y vibran los adornos de sus brazos.
Algún pájaro vuela todavía
y en el cielo una queja se prende de las nubes.
La luz se inclina, lame con sus dedos
la piel de nuestro asombro y acaricia
los dientes de león que aún sonríen
entre la hierba pálida del suelo.
Pronto vendrá la noche, pronto.
Y pronto llegará el alba y la luz nueva,
más débil, más doliente.

Una rueda que nunca cesa,
un remolino pertinaz que cambia todo,
un viento cada vez más frío,
un ir hacia adelante sin que puedas
volver la vista urgido por la prisa.
Pronto no quedará nadie,
se habrá acabado todo…
Pero antes de eso el oro de octubre
se quedará grabado para siempre
en el libro interior que leeremos
el día que nos toque iniciar nuestro viaje.
O cuando regresemos del exilio.


Traducción de Casimiro Ropero.

Imagen: William Turner, A mountain scene, Val d'Aosta, hacia 1845.