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miércoles, 6 de enero de 2016

WILLIAM WORDSWORTH










El cielo después de la tormenta

Un solo paso al franquear las lindes
de aquel ciego vapor, me abrió los ojos
a un esplendor como jamás lo vieran
los sentidos en vela o el alma en sueños.
La aparición, abierta en un instante,
fue una ciudad inmensa –de edificios-,
una selva sumida en un abismo,
sin fondo, sumergida en esplendores
sin fin. Y semejaban fábricas
de oro y de diamantes, con sus cúpulas
de alabastro y sus torres plateadas
con ardientes terrazas superpuestas
más altas cada vez; aquí, brillantes
pabellones formando una avenida; 
torres allí almenadas, que, en sus frentes,
sin descanso sostienen las estrellas
-¡brillo de gemas!-. La Naturaleza
en ello usó los materiales hoscos
de la tormenta en calma, y las cavernas
y las laderas y las cresterías
donde el vapor se había refugiado,
bajo el cielo cerúleo posándose.
¡Visión incomparable! Nubes, nieblas,
arroyos, rocas, hierbas esmeralda,
nubes de mil colores, rocas, cielo,
zafiro, todo confundido, en mezcla,
mutuamente inflamado y componiendo
–todo perdido en todo- aquel extraño
templo o palacio o ciudadela, enorme
y fantástica pompa de estructura
sin nombre, en vastos pliegues arropada…


Traducción de Ramón Sangenís

Imagen: Albert Bierstadt, Storm in the Rocky Mountains, Mount Rosalie, 1866.


sábado, 13 de junio de 2015

DAVID LÓPEZ GARCÍA










La montaña

                                               recíbeme en tu cumbre,
                                                    recíbeme, que huyo perseguido
                                                    Fray Luis de León


                                               que tu alta cima sea en este instante
                                                    Ararat que me salve del naufragio.
                                                    Mercedes Sandoval Reverte


Un día la montaña vino a casa.
"Déjame entrar", me dijo suplicante.
"¿Y cómo pasarás por esta puerta?"
Agachó la cabeza, solo un poco,
y entró sin responder a mi pregunta.
Conmigo come y duerme desde entonces,
si estoy triste, conmigo se entristece
y se alegra conmigo cuando río,
y al reír se estremece con violencia
y rueda por su falda alguna roca:
ya no queda un cristal en las ventanas.

No me importa que aquí, en mi casa, viva
pues me hace compañía y su coloquio
es siempre interesante y agradable:
todo lo que ahora sé lo sé por ella.
Hablamos de la nieve y de los bosques,
del rico mineral que la soporta,
de las simas oscuras de su vientre;
hablamos de la tarde y sus luceros,
del ciervo, del conejo, de las águilas,
de la fuente que nace en su ladera,
del río que refresca y vivifica
los bordes repujados de su túnica...

No es cómodo vivir con un gran monte,
reconozco que a veces es molesto,
pero todo lo olvido en el instante
que me coge la mano y me conduce
hasta su airosa cumbre, donde ignoro
cuanto soy, donde nada me concierne,
donde puedo rozar la piel del cielo.


Imagen: Albert Bierstadt, Storm in the Mountains, hacia 1870.