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miércoles, 19 de agosto de 2015

KURT BROOKS










Prohibido el paso

Llevas no sabes ya cuánto tiempo
perdido, dando vueltas y más vueltas
por una carretera extraña.
Despotricas del mapa inservible
y de aquella canción en la radio
que te distrajo en algún punto del viaje.
El polvo que a tu paso levantas
borra lo recorrido cuando miras
por el retrovisor alarmado e inquieto.
El aire ardiente quema tu piel
y el sudor corre por tu espalda.
Ante ti una llanura eterna,
un infinito sol, ni una nube.
No se ve árbol ni casa alguna
y los minutos pasan con flema interminable.
A veces te entran ganas de detener el coche
pero no puedes, sabes que la llanura
debe tener un fin y que alguien te aguarda
en el lugar de tu destino.
Cuando la tarde acaba, cuando el miedo
se clava poco a poco en el pecho,
hiriendo la esperanza,
y reclama la ayuda de la angustia,
has llegado al final de la llanura
y el camino se interrumpe.
Una puerta herrumbrosa cierra
la posibilidad de cualquier viaje.
 Un rótulo, legible apenas, advierte:
Está prohibido el paso terminantemente
a todo aquel que esté difunto.


Traducción de José Cohen Domingo.

Imagen: Edward Hopper, Road in Maine, 1914.



miércoles, 12 de agosto de 2015

MERCEDES SANDOVAL REVERTE






Anoche llamó la duda

¿No preguntarte me salva?
Si pregunto, la sospecha
de nuevo nubla mis ojos
y entonces llega el tormento,
el cielo bruno y la angustia.
La duda es el ponto oscuro
donde el tacto no germina
y la mirada se pierde
en la negrura insondable.

¿Puede tu amor con su pico,
cual si fuere el ave de oro,
la de cadencioso canto,
traspasarme el corazón
para derribar las sombras?
Preciso de ti tan solo
esa efímera centella
que convierta en infinita
nuestra luz cada jornada.


Imagen: Edward Hopper, Morning Sun, 1952.



martes, 11 de agosto de 2015

KURT BROOKS










Casas

Una a una las casas donde viví
se alinean cual tren que no camina,
pero camina el tiempo sobre ellas.
El recuerdo que de ellas pervive
lo barrieron los otros que después las habitaron.
Jóvenes, viejos, niños,
un muerto que durmió en esta alcoba
y mujeres yaciendo a la espera
de aquel que no respetará su sueño.
En la cocina pan y mantequilla,
desayuno, comida y cena,
el cuerpo del delito en el sótano,
las lágrimas del niño en plena noche,
un “ya no aguanto más.”
“Vete a la mierda.” “No son horas.”
“Besé sus labios.” “Cuida de mamá.”
“Ahora vuelvo…”
Son distintas las voces pero las palabras
son las mismas de siempre, la misma historia
contada dos mil veces; también la mía.
Todo se queda atrás, todo se muere,
como el recuerdo, como el hombre,
como el que antes lloraba, como los pájaros
que no volvieron, que no anidaron
algún día en mis brazos.
Están aquí las casas, no se mueven.
Yo sí. Corro hacia abajo y no vuelvo.


Traducción de José Cohen Domingo.

Imagen: Edward Hopper, Sunday Morning, 1930.


miércoles, 1 de julio de 2015

DARIO POPESCU










Poca cosa

El día amaneció vacío, torpe,
tan gris como un presagio sin aliento.
Cuesta pensar, sentir la luz radiante
de julio, por ejemplo, entre los pinos
en este amanecer donde no existe
ni siquiera lugar para la pena,
la compañera fiel que te acompaña
aun cuando la desprecies o la ignores.
Las esquirlas del sueño aún nos hieren
y las palabras duermen en los labios,
sin embargo la vida continúa:
la gente compra pan y se prepara
para otro día más, para otro día
destinado a diluirse en el olvido;
los coches van y vienen, las palomas
vuelan hasta posarse en el alféizar;
tal vez llueva, la luz quizá retorne,
alguien pone la radio, alguno tose,
alguien quitó la escala que desciende
hasta la misma boca del infierno…

Como verás es poco, poca cosa
para llenar un día miserable
cuando no estás conmigo.


Traducción de Daniel Ortega.

Imagen: Edward Hopper , Office In A Small City, 1953.


viernes, 17 de abril de 2015

RANGNVALD NYBORG










Breve encuentro

Iba hacia la farmacia cuando me encontré a mi padre.
Ya no estaba tan pálido como en el lecho de muerte.
“¿Has vuelto?”, pregunté. “No, solo estoy de visita.
Ahora tengo que coger el autobús”. “¿Y tus manos?”
Alzó el brazo y mostró el vacío
allí donde debía haber cinco dedos.
“No me hacen falta. Un padre no tiene manos si no acarician”.
Después vino la lluvia y se fue con ella hacia
la estación de autobuses. “¿Dónde vas?”, grité.
“A ese instante anterior a que nos separásemos;
me fui sin despedirme”,
me respondió su voz entre el diluvio.
Entonces arrojé la receta al suelo
y decidí volver sobre mis pasos.
Ya no necesitaba las medicinas pues supe
que no podrían devolverme jamás la infancia.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Edward Hopper, Drug Store, 1927.