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miércoles, 20 de enero de 2016

TAN TAIGI










Otoño lanza
hojas hacia la luna;
ninguna llega.



Traducción  de Kohtaro Miyake Ledesma.

Imagen: Ogata Korin, Flores de otoño y luna.




martes, 25 de agosto de 2015

DANUT DALCA










Poesías dedicadas

Si alguna vez me lees coge unas tijeras
y recorta cualquiera de mis poesías.
En la puerta del frigo quedará genial
si el imán es bonito (por ejemplo,
una torre famosa, la de Pisa o el Big Ben).
También puedes llevártelo a la iglesia
y allí leerlo mientras creen que estás rezando,
pero procura que la risa no asome a tus labios
cuando encuentres algún disparate;
aunque puedes llorar, así pensarán todos
que te arrepientes de tu vida pasada y presente
y te bendecirán satisfechos.
Y puedes, en el súper, hacer como
que consultas la lista de la compra.
Si te lo llevas al mar, cuando te bañes,
puedes leérselo a los peces,
a las estrellas si es de noche,
a la gente que aguarda el autobús
o a tus padres el día que los veas.
En fin, puedes hacer lo que te dé la gana.
No se te olvide alguna vez leerlo en voz alta;
sabré así que me escuchas
mientras hablo contigo.


Traducción de Daniel Ortega.

Imagen: Kuroda Seiki, Mujer leyendo, hacia 1890.


domingo, 19 de abril de 2015

ROSAMUND GROSSMANN










El cuento de las luciérnagas

El alma debería tener un toque de color
o mejor una luz, aunque fuera pequeñita.
De ese modo el andar por la calle
sería algo parecido a esas noches
en las que las luciérnagas revolotean
y nos decimos: Mira, el cielo ha descendido
y las estrellas bailan para nosotros.
Todo sería un ir y venir constante de luces:
en la calle, en los coches, en la cama, en la iglesia,
luces alrededor de la mesa, en las ventanas,
en el barco que pesca, en los desvanes
donde buscamos sosas inservibles…
Podríamos saber qué alma es más hermosa
o qué alma es más mezquina según la fuerza
o el color de su brillo. Podríamos
también reconocer a esos seres oscuros,
espíritus del odio, asesinos, señores
del mal que se pasean entre nosotros.

Una vez, siendo niña, ante el espejo,
pude ver mi luciérnaga revoloteando
entre la hierba de mi pecho. Había
también una manzana. También había un pájaro
y el soplo de una brisa fresca.
Tan solo una vez, siendo niña…


Traducción de Elisabeth Romero O’Connor.

Imagen: Ohara Koson, Luciérnagas, 1934.