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domingo, 1 de mayo de 2016

MERCEDES SANDOVAL REVERTE










Para mi madre

A veces, cuando llego hasta tu lado,
después de los saludos y los besos,
en lugar de charlar de cualquier cosa,
quisiera recordar aquellos días
cuando la fresca sombra de la higuera
del patio figuraba ser el mundo.
Allí estaban los ríos y las selvas,
las cimas elevadas de los montes,
el mar bravío, el campo de batalla,
los indios en las tierras del Oeste,
un pueblo pequeñito que era el pueblo
y la casa reflejo de tu casa:
las alcobas, el patio, la cocina:
el centro de tu imperio prodigioso,
donde yo, la princesa del hornillo,
imitaba los gestos de la reina.
¿Recuerdas aquel día en que Tarzán,
siguiendo a los malvados cazadores,
de una en otra rama sin descanso,
perdido el equilibrio fue al abismo…?
Ahora, en esta tarde de verano,
mientras la luz se extingue lentamente,
ayúdame a buscar esa recóndita
vereda que nos lleve de regreso
al tiempo aquel, al patio de mi infancia.
Quiero sentir tus dedos en mi herida,
su tibia suavidad su roce leve,
tus labios enjugando con ternura
el río de las lágrimas, tus manos
echando de mi frente la congoja.
Siéntame en tu regazo y en mi oído
deja dulces palabras de consuelo,
el verbo milagroso que restaña,
el sortilegio mágico e infalible.



Imagen:  Grant Wood, Dinner for Threshers (detalle), 1934.

miércoles, 15 de abril de 2015

BALTASAR DE ALCÁZAR










¡Misterio!

La noche está oscura, oscura;
sobre fogoso alazán
atraviesa la espesura
del bosque el Conde don Juan,
sumido en honda amargura.

Llega al borde de un torrente…
piensa en su amor y su gloria,
limpia el sudor de su frente…
lanza un grito… acude gente…
¡Y aquí se acaba la historia!


Imagen: Grant Wood, The Midnight Ride of Paul Revere,1931.





martes, 31 de marzo de 2015

W. J. BARRYMORE











Tarde de estío

Heme aquí con un libro en la mano
en busca de un lugar tranquilo donde leerlo.
Me aparto de la casa y escojo
la trasera pared del granero.
El suelo me sirve de asiento y de respaldo
la vieja madera descarnada.
Abro el libro y en él hallo unas colinas
que caminan tranquilas hacia el horizonte,
los restos calcinados de un maizal,
cardos secos, saltamontes, hormigas,
nubes deshilachadas en el cielo…
Las cuatro y cuarto de la tarde,
justo la hora que marca mi reloj.
Mas mi tiempo es el tiempo del libro,
un libro en el que no hay renglones ni letras,
solo una vasta página donde la tarde vibra.
De vez en vez la brisa arranca
una pequeña queja de los cardos
cuando estremece su corona.


Traducción de Casimiro Ropero.


Imagen: Grant Wood, New Road, 1939.









lunes, 23 de marzo de 2015

CECIL WENTWORD






De regreso a casa

El mediodía cae de lleno sobre el prado.
Las hormigas se esconden abrumadas por su peso.
Ahora no existen las sombras.
Nada se mueve: ni el caballo que pace
ni la brizna de hierba que busca la humedad escondida.
No puedo continuar mi paseo. Una luminosa barrera me detiene.
No hay nada más que luz, luz verde que el cielo refleja.
Luego, un automóvil se acerca renqueante
por el camino dejando tras de sí una nube de polvo.
La luz se apaga. La hierba que brilla, el caballo que pace,
el granero, mi casa, los árboles del fondo
                                                                        (y yo mismo)
se evaporan.

La noche ha llegado de improviso.
Luego, seguramente, vendrán el frío y la nieve.




Traducción de Casimiro Ropero.

Imagen: Grant Wood, Young Corn, 1931.