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miércoles, 12 de octubre de 2016

MAROSA DI GIORGIO










De súbito, estalló la guerra. Se abrió como una bomba de azúcar...

De súbito, estalló la guerra. Se abrió como una bomba de azúcar
arriba de las calas. Primero, creíamos que era juego;
después, vimos que la cosa era siniestra. El aire quedó
ligeramente envenenado. Se desprendían los murciélagos
desde sus escondites, sus cuevas ocultas caían a los platos,
como rosas, como ratones que volvieran del infinito,
todavía, con las alas.
Por protegerlos de algún modo, enumerábamos los seres y las cosas:
"Las lechugas, los reptiles comestibles, las tacitas...".
Pero, ya los arados se habían vuelto aviones; cada uno, tenía
calavera y tenía alas, y ronroneaba cerca de las nubes, al alcance
de la manos pasaron los batallones al galope, al paso. Se prolongó
la aurora quieta, y al mediodía, el sol se partió; uno fue hacia el este,
el otro hacia el oeste. Como si el abuelo y la abuela se divorciaran.
De esto ya hace mucho, aquella vez, cuando estalló la guerra,
arriba de las calas.



Imagen: Henri Rousseau, La guerre, 1894.



martes, 23 de junio de 2015

ROSALÍA CASTAÑO










Casi nunca se cumplen los deseos
ni son todas las rosas coloradas,
ni las aves acuden a la escuela
ni come el tiburón hierba del monte.

No desear es fácil y tampoco
es necesario hacerlo, solamente
debemos esperar que el ansia acabe,
que pasen las semanas y los años.

Mas todo esto no es nada cuando sabes
que hay un tigre en el patio de tu casa
dispuesto a abalanzarse sobre ti
y lamerte las manos con cariño.


Imagen: Henri Rousseau, Tigre dans une tempête tropicale, 1891.