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lunes, 24 de agosto de 2015

RANGNVALD NYBORG










El árbol del ahorcado

Cuando se ahorcó mi tío
en el árbol, en el único árbol
que había en la llanura
(recuerdo todavía
su sombra maternal en la canícula,
el harpado babel de su enramada,
las nubes enredadas en su copa),
mi abuelo lo cortó. Luego
hizo una hoguera y no se apartó de ella
hasta que las cenizas se enfriaron.
El suicida dejó una nota
dirigida a su hermano, mi padre:

No dejes que se hiele el corazón.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Leonardo Alenza, Sátira del suicidio romántico  (detalle), hacia 1837.


domingo, 9 de agosto de 2015

RANGNVALD NYBORG










Dios es un árbol

Ayer no había viento. Ayer no había tiempo.
Sólo una claridad sin brillo,
un fondo neutro, una hoja de papel
donde escribir cualquier tiempo pasado,
la cereza mordida,
cosas muertas, personas que se fueron,
la fruta que ha perdido el brillo,
el polvo en la memoria.
Escribo el primer nombre: Dios, después jirafa
y por último octubre, tres vocablos
que la memoria enlaza. Luego
el verano termina y estamos en octubre
y ahí está la jirafa comiéndose las hojas
de las ramas más altas. Las hojas de Dios
poco antes de que a Dios lo despoje de su manto
el viento frío y quede desnudo
como un mendigo que tirita.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Jacques-Laurent Agasse, The Nubian Giraffe, 1827.



miércoles, 15 de julio de 2015

RANGNVALD NYBORG










Nocturno

Llegaron las tinieblas y las aves
han cesado sus vuelos y sus cantos.
Es hora de dormir, dice la madre
mientras el viento sopla entre las ramas.
Ya no hay cielo ni tierra entre lo oscuro
ni nadie que camine por la calle.
Esta es la hora en que Judas Iscariote
escucha cómo grita su conciencia.
Nosotros nos tapamos con la sábana
huyendo de la zarpa del silencio,
del castigo feroz del abandono.
Deseamos que el sueño nos proteja:
mas líbranos del mal, le suplicamos.
Los versos se pasean por mi frente
cogidos de la mano como niños
que juegan en el parque sin descanso.
Van y vienen, ascienden, bajan, gritan,
a ratos enmudecen y retornan,
se ríen y se alejan…
                                     Voy tras ellos
para bajar después por la escalera
que nos lleva a la casa del olvido.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Jozsef Rippl-Ronai, Un parc la nuit, entre 1892 y 1895.


domingo, 7 de junio de 2015

RANGNVALD NYBORG










Reloj entre la hierba

No quedaba de mí otra cosa que mi pecho
donde latía aún, aunque débilmente,
mi corazón como un reloj gastado,
un corazón sin ojos para ver
que el verano moría.
Cerca de mí lloraba alguien, un rumor leve
como esa fina lluvia que empapa los surcos
que ya no pisarás cuando te duermas.
Siete cuervos posados en las ramas
de un árbol aguardaban a que se parase
el cansado reloj.
Una voz parecida a la agitación del viento
me instaba a levantarme. Luego el cielo
se inflamó y en mi pecho brotaron los verdes
tallos de aquella hierba sobre
la que nos recostábamos antaño.
“Ahora puedes irte”.
Los cuervos ya no estaban.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Caspar David Friedrich, El árbol de los cuervos, hacia 1822.


jueves, 30 de abril de 2015

RANGNVALD NYBORG










El domingo pasado

Hoy hace una semana justamente
de Dios sabe qué siglo que mi abuelo
miraba ir y venir como unas tontas las gallinas
en un corral ajeno de su aldea,
mientras se reprochaba no tener a mano
una buena escopeta de cartuchos.

Hace una semana
de este siglo pasado que mi padre
descendía del tren que lo dejaba
en la ciudad desconocida
donde luego nací por accidente.

Puedo decir sin miedo a equivocarme
que nunca tuvo suerte mi familia.

Estamos en otoño. Ni una nube
ensucia el firmamento del domingo
y “yo” es una palabra de otra lengua
que nunca encontraré en el diccionario,
pues hace siete días justamente
se fue mi corazón y aún no ha vuelto.
Mas no sé si deseo que regrese.


Traducción de Estanislao Górriz.

Imagen: Alonso Cano, Ego dormio, et cor meum vigilat, 1628-29.